Todo queda en el mar

No es sencillo nadar. El mar es el único lugar donde mi cabello no se muestra rebelde si no ha humedecido antes: el único lugar, insisto, donde veo la posibilidad de tener el pelo largo. Es posible quedarse en la orilla y hundir los pies -primero los talones, después las puntas- hasta quedar sepultado por una marea fina. La arena se cuela entre los dedos de esos mismos pies (luego la ducha pondrá todo en orden). La sal en la garganta y el extraño dulzor del agua fría de la nevera portátil. Hay un niño reclamándome cada poco tiempo.

Me gusta ir al fondo, donde casi no hago pie. Donde el agua deja pasa de tibia a fría.

Me gusta nadar solo y mirar al horizonte. Colocarme boca arriba, flotar hasta que una ola gamberra me despierte.

También hablo solo allí porque dudo que haya alguna sardina que entienda nada de lo que pueda decir.

(5) Notas sobre Maite Martí Vallejo

1: leer sus poemas es topar con una sorpresa, una exclamación en mitad de una conversación amena. Un verso es la excusa perfecta para desarrollar un film donde esparce adecuadamente el metraje y ella criba, sondea, tantea hasta dónde puede llegar. 2: va decidida a la acción, no escatima en palabras, en metraje (versos). Detrás de cada palabra hay un trabajo de campo donde el amor, el deseo y el silencio como fondo de lectura hacia un incómodo baño escaso de matices. 3: existe una lógica del desorden y una catarata de dudas que se despiertan. Un continuo patada a seguir de cara a lograr un falso equilibrio de las necesidades humanas, las dudas y las condiciones necesarias para dar color -no gris- a una propuesta tan interesante como abundante en recovecos y sorpresas. 4: cada poema es una arista moldeada a merced de lo que ella quiera. Poemas centrados, ricos en detalles y con un fondo potente, interesante hasta el punto de sentirse dominado, de saber que Maite Martí lleva las riendas del libro y no deja nada cogido con pinzas. No hay improvisación. 5: lo que engancha de su poesía es aquello que todavía desconocemos. Hombres, violencia, mujeres, secretos, tabús, la familia. El aparente desorden provocado por las ganas de adentrarse más en lo que esparce/propone.

Maite Martí Vallejo ha publicado Todos vienen al funeral de Rick (2018) y La vida cotidiana arrasa Europa (2019), ambos editados por RIL España

El primero

Dibujo de Juan Barjola

El primer libro dedicado de que conseguí para nuestra biblioteca de poesía fue Diccionario de dudas. El sol caía a plomo en San Atón. Estaba Suso también.

Años después supe que antes de la firma -calor, chicharra, garganta seca, sed- una zapateira había sido destinada del cuerpo de infantería marina portuguesa al de avituallamiento al minorista en una rápida operación que no provocó sufrimiento alguno al animal.

Me acuerdo de la botella de Radical Fruit & Company que bebí justo después de la firma. Radical era el refresco que, en los veranos postIndurain, bebíamos con mesura.

Años después encontré mi nombre en el blog de José Maria Cumbreño. La entrada era del día de la firma. Había puesto bien mi apellido: las dos eses, la elle final.

Quizá por eso tengo en tan alta estima. He perdido la cuenta de las amputaciones que ha sufrido mi apellido.

Con ese libro entendí que escribir no sirve para nada. Que únicamente me serviría como refugio en momentos de emergencia. La emergencia dio paso a la lucidez.

Pese a las dos eses y a la elle final, me trata como extremeño [siempre me ha sorprendido la capacidad de ver barreras que tienen algunos según se lea o escriba un nombre o apellido]

Los libros existen en las estanterías para recordar el camino que uno ha andado. El camino puede no gustar a nadie, a muchos, a todo el mundo. O solamente a uno mismo: eso es lo importante.

Escribir está sobrevalorado. El Radical, también. Hace años que no lo bebo.

Aprendí hace un par de veranos que la limonada está infinitamente mejor.

Badajoz, España

Plaza de España / Calle San Juan
Entrada al Parque de Castelar

[con permiso del escritor José Luis Peixoto -muito obrigado!- traduzco la entrada de ayer en su blog de viajes. Podéis leer la entrada original aquí]

1 de Julio de 2020
Badajoz, Espanha

Tenía nueve años la primera vez que crucé esta frontera. En esa época, las formalidades aduaneras eran un poco más exigentes. Las diferencias entre un lado y otro eran mayores. Era el tiempo de los caramelos, de Galerías Preciados, de los relojes electrónicos con cronómetro o calculadora, que poníamos en hora con la punta de un bolígrafo.

Hoy, 1 de julio de 2020, estaba cerca de Elvas y después de estos meses raros (en portugués y en castellano), después de esta incertidumbre que todavía no ha acabado, después de tanto inimaginable, quise atravesar esa frontera e ir a Badajoz; aunque fuera por unas horas, aunque fuera simbólicamente.

He ido a una librería, paseé por algunos lugares conocidos, me encontré con dos amigos. Comimos-merendamos-cenamos de tapas y volví a cruzar la frontera, en este momento estoy de vuelta a casa.

A pesar de la cantidad de viajes que he estado haciendo a lo largo de los años, ahora consigo recordar con precisión lo que sentí ese día, con nueve años, cuando regresaba a casa (a otra casa) con la cabeza llena de ilusiones fascinantes.

Como un tesoro llevo el recuerdo repentino de que para mí viajar es este sueño inocente de libertad. No necesito ir muy lejos, me basta no perderme de mí mismo.

NOTA: todas las imágenes de la entrada son propiedad de José Luis Peixoto. Excepto la que adjunto a su perfil, con los enlaces, que es obra de Diogo Paulo.

Descubre más sobre José Luis Peixoto (Galveias, Portugal, 1974) en su página web, clicando aquí. También puedes visitar su blog de viajes aquí. Es un fuera de serie.

Perro de aeropuerto, de Claudio Burguez

Perro de aeropuerto (Ediciones Liliputienses, 2019), de Claudio Búrguez.

Puedes comprarlo aquí.


Con todas las variaciones posibles, matices y peros, todo el mundo -no excluyo ni al político ni al jurado del Premio Cervantes- se ha sentido alguna vez como un perro de aeropuerto. Ese perro maltratado, Kiro, podría ser cualquiera de nosotros en una circunstancia X, determinada por una dosis variable de dolor: aquí cada uno tiene motivos para desgarrarse en silencio (somos humanos, somos débiles: la ostentación del dolor es poderosa). La sensación es clara: uno parece leer los poemas desde la barrera, pero al final, como siempre pasa con los buenos, acaban salpicando. Las imágenes que se reproducen son bastante reconocibles, insisto. En Perro de aeropuerto encontramos también ese toque mágico que le falta a la poesía peninsular: hay brechas que un océano no nos ayudará nunca a cubrir pero sí un cambio de mentalidad.

En el transcurso del libro quizá uno está contemplando diversas fotografías. Estamos ante algo más que un libro finito de poemas o postales en una caja de galletas que abrimos antes de embarcar en un avión. En la lectura no es complicado sufrir una puesta al día de sentimientos, de imágenes tan potentes como reconocibles. Estamos ante un poemario cercano, sensible y nada, nada dócil. Dentro del ritmo suave hay punciones en cada poema, pinchazos llenos de silencio que nos invitan a sentarnos: a observarnos. Me ha sido imposible separar el yo viajero del yo lector. He compartido diversos sentimientos: no envié nada por Fedex pero sí aguanté las colas interminables de la An Post de Dublín y Galway para enviar aparentes nimiedades.

Si hablaba de sensación antes, ahora lo hago de regusto: más Claudio Burguez necesitamos para hacer más cortas las distancias y mirarnos las manos sin temblar. Para acariciar a Kiro. O para darnos cuenta de cuán vacías pueden estar si no las ocupamos.

Claudio Búrguez (Santa Lucía – Canelones, Uruguay) 1965). La primera edición de Perro de aeropuerto fue publicada por Estuario Editora en 2011. En dicha editorial también ha publicado también Finlandia (2006) y El Gran algo (2010). Ha publicado además Las cosas que quiero no se quieren entre sí (Pez en el hielo, 2019).

Reseña de Huir, por Marina Casado

Hace unos meses Marina Casado, amiga y poeta, reciente ganadora del Premio de Poesía Carmen Conde y finalista del Premio Adonáis, reseñó Huir en Estrella Digital. Cuando apareció el artículo no pude hacerle demasiado caso: diciembre es criminal, traspasando efectos laborales hacia otros ámbitos. Comparto ahora la reseña que dedicó al poemario. Pinchando aquí podéis acceder al artículo.

Muchas gracias a Marina por dedicar su tiempo en una lectura tan completa. Y claro, mi enhorabuena: tocará celebrarlo aunque sea mínimamente cuando se pueda.

Intercambios

Porromporobompompero,
de Antonio Gómez

Café con hielo de sábado tarde -o Voll Damm, vaya- con Óscar Palazón. Guiños al pasado. E.M ha publicado un libro sobre Extremadura. Poetitza’t ¿qué?. Intercambio de presentes: en realidad todo era, todo se resume en seguir la Nacional V hasta su desembocadura atlántica antes de tiempo: del príncipe a la poesía experimental pasando por el reencuentro. Nombres comunes compartidos por alguien que sabe, que mide los silencios -por suerte- y siempre escucha. Mejor así. Salen nombres comunes, brota poesía visual, el reencuentro con nombres lejanos como el de la imagen. Saudades iniciales del verano.

Camaleones

La última vez que abrí un blog -agosto 2016- no podía imaginar de todo lo que estaba por venir. Lo que parecía únicamente un blog de mi viaje por Irlanda acabó mutando en un una web personal y literaria donde coleccioné casi ochocientas entradas personales con la cultura y los viajes como centro de interés. Un blog no deja de ser una columna donde uno descarga pulsaciones de manera más o menos organizada, a suerte de ser una columna recurrente de contenidos más o menos interesantes. Las buenas columnas -y columnistas- permanecen a lo largo del tiempo: Javier Marías, aporreando la Remington en El País. Maruja Torres a ritmo de Ducados -qué sabré yo qué fuma ella-. O Quim Monzó en La Vanguardia, aunque lleva desaparecido un tiempo. Es igual; honestamente curo mis efectos leyendo a Sergi Pàmies y su humor ligero, de mueca limonera.

La suerte de escribir reside ser un poco como un camaleón. A Bruno Ganz -de ahí la dirección del blog- le conocían como El Camaleón de Zurich por su habilidad a la hora de interpretar de manera ideal cualquier papel que le pusieran por delante: ángel redentor, farmacéutico con cargas en sus espaldas, marinero de sala de máquinas, etc. Ser buen actor, en este caso, no difiere mucho de ser buen columnista: amoldarse -con guión o con la actualidad- y exprimir todo el jugo posible para realizar un trabajo fiable, creíble, sincero.

El oficio de escribir es algo parecido pero hay un principio básico: dentro de las aleaciones que puedan realizarse hay que ser honesto no ya con uno mismo, sino también con los lectores que uno tenga o pueda llegar a tener: no dar gato por liebre y ser consciente de las limitaciones a la hora de crear, siendo esa limitación un punto donde redirigir el aprendizaje que no deja de ser ya la escritura, sino la lectura. Hablando en cifras, el setenta y cinco por ciento de lo que son los buenos escritores. No querer ser más de lo que realmente uno es: el metraje, la tinta, acaba por poner a todos en su sitio. Aunque cueste.

Bienvenidos de nuevo.